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Londres versus Moscú: trasfondos oscuros de una novela de espías

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El atentado contra el ex espía ruso y su hija en Londres desató una crisis de imprevisible dimensión con el Kremlin que involucra ya a todo Occidente. Pero aún no queda claro qué es lo que sucedió ni tampoco el alcance de las responsabilidades.

El atentado contra el ex espía ruso y su hija en Londres desató una crisis de imprevisible dimensión con el Kremlin que involucra ya a todo Occidente. Pero aún no queda claro qué es lo que sucedió ni tampoco el alcance de las responsabilidades.





En estas épocas que emergen novedosas monarquías travestidas de democracias junto a otras sin siquiera esos pudores, Vladimir Putin volverá a coronar la suya este domingo en unas elecciones con resultado garantizado. El ambicioso ex agente de la KGB, con 18 años en el poder, tiene todos los números ganadores para continuar al mando hasta 2024 en un comicio general que ha sido pasteurizado de opositores de fuste. La única sombra en el proceso acaba de llegar desde Londres con el confuso atentado contra un ex espía del Kremlin que agoniza junto a su hija. Fueron envenenados por un tóxico de uso militar que el reino dice que es de origen soviético aunque no se sabe, y así lo proclama Moscú, si además el veneno, y el ataque, es ruso.

Lo importante del episodio es su enorme trasfondo político. El prontuario juega en contra de la autocracia rusa que ha exhibido en el pasado poca idea de los límites, con las masacres de la escuela de Beslan en 2004 o del teatro Dubrovka de la capital, dos años antes, tomados por terroristas. También en la flaca reacción por el asesinato de otro notorio espía ruso, Alexandr Litvinenko, en Londres en 2006, envenenado con polonio210, una substancia radiactiva.


Putin niega cualquier vinculación con este nuevo hecho y apoya sus argumentos en los modos al menos poco prolijos en que el gobierno de Theresa May ha llevado adelante esta carga contra el Kremlin. El espía Sergei Skripal apareció el 4 de marzo junto a su hija Yulia, que lo visitaba, ambos inconscientes sobre un banco callejero en Salisbury, zona vecina a Porton Down, una de las instalaciones más sofisticados de guerra bioquímica británica. Este individuo era un coronel de inteligencia ruso que operó como un topo del espionaje del Reino Unido en los años 90 hasta que fue detenido a inicios de esta década. Condenado por traición, en 2010 fue intercambiado por espías rusos arrestados por el Mi5 británico. Una auténtica historia de Le Carre hasta en sus intrincados detalles actuales. Aunque, como señaló un analista, nunca las primeras páginas indican necesariamente el desenlace de la novela.

Esta crisis le sirve a Putin para consolidarse. Su aprobación trepa al 75% pese a la crisis económica y los escándalos de corrupción que aturden a Rusia y que quedan ocultos detrás de estas adversidades. Aunque tiene la victoria abrochada, el inoxidable presidente ruso necesita vencer un enemigo fatal que es el abstencionismo. Gran parte de los electores ignoran una elección con resultado ya anticipado, especialmente la juventud desatendida de la política. Sin embargo el incidente de Londres parece un precio demasiado alto para ese propósito. Cui prodest dice una voz latina, precisa en los misterios policiales: quién se beneficia.


No debe descartarse que haya habido una mano en este atentado no directamente vinculada con el Estado ruso. La alternativa del descontrol de su propio arsenal que citó la primer ministra británica. The Economist recordaba en su última edición que en 2005, el líder opositor ruso Boris Nemtsov fue asesinado por una banda de asesinos chechenos al servicio de Ramzan Kadyrov, el hombre fuerte de esa región. En la misma guerra de Siria han aparecido mercenarios del llamado grupo Wagner, que se enfrentaron a la tropa norteamericana y que serían financiados por Yevgeny Prigozhin, un aliado crítico del Kremlin.

Esta figura aparece también en los entresijos del escándalo del Rusiagate por el hackeo durante las elecciones presidenciales norteamericanas de 2016. El descubrimiento en estas horas sobre que otro desertor ruso, asilado en Londres Nicolás Glushkov, fue en realidad asesinado reforzaría esa hipótesis. Glushkov estaba acusado de fraude, lavado de dinero y fue socio del opaco empresario Boris Berzovsky, también muerto en medio de sospechas en el Reino Unido.

Si es así, Putin puede beneficiarse de esta mano de obra al estilo brutal de una advertencia sobre cómo se cobra el régimen las traiciones. Pero otra vez parece poco por tanto.


La premier May, esta vez intentando alejarse de su módica actuación en el caso Litvinenko cuando era ministra del Interior del reino, lanzó un ataque de enorme dureza intimando a Rusia a que explique su participación en el atentado contra Skripal y su hija. Hay dos elementos que llamaron la atención sobre ese comportamiento. En uno de ellos, el gobierno inglés omitió las disposiciones de la Convención sobre Armas Químicas, suscripta por los dos gobiernos, que impone que el país acusado debe recibir muestras del tóxico y en un plazo de diez días producir un descargo.

En el otro, sorprendió que Londres primero dijera que Skripal fue envenenado con fentanyl, un opiáceo sintético más poderoso que la heroína. Y luego se señalara que, en realidad, se trató de un gas nervioso como sarin o Vx para finalmente concluir que era el temible “novichok” soviético. Todo ello pese a la participación de la altamente sofisticada estructura del laboratorio de Porton Down. Ese es el punto en el cual se apoyó el inefable y exótico líder opositor laborista Jeremy Corbyn cuando, en medio de las burlas y el repudio general en el Parlamento, le preguntó a May si existía realmente una evidencia concreta de lo que se estaba acusando y por qué no se le dieron las muestras a Moscú. El régimen ruso desde la ONU reaccionó asegurando que “nos piden una confesión” no una colaboración.

Lo cierto es que esta aventura le ha facturado ya a Putin la pérdida del apoyo relativo, pero ciertamente benevolente, que venían exhibiendo hacia Moscú Francia y Alemania, alterados por la deriva de antiatlantismo del gobierno norteamericano. Esos tres países se alinearon inmediatamente con Londres, sosteniendo a coro la responsabilidad del Kremlin en el atentado. París, incluso, ha anticipado que prepara nuevas sanciones contra Rusia. Ese castigo se sumará al global que el Kremlin soporta desde la anexión de Crimea hace cuatro años, la península que en 1954 Nikita Kruschev había regalado a Ucrania y donde, en Sevastopol, se asienta la base de la flota de guerra rusa, desde donde proyecta su influencia al Mediterráneo.


Un extremo que sobrevuela este episodio es la reconfiguración desde la perspectiva occidental de Rusia, y, en otro nivel, China, como ya algo más que adversarios. El régimen de Putin fue señalado por la nueva doctrina de seguridad norteamericana, oficializada a fines del año pasado, como “una amenaza” existencial para el destino de la mayor potencia global. El cargo, que también se extendió al Imperio del Centro, se destaca en el caso ruso con condimentos especiales por el violento giro que impuso el Kremlin en la guerra de Siria, arrebatando una segura victoria a las milicias pro occidentales e incluso a ciertas bandas terroristas financiadas y respaldas desde este lado del mundo con el argumento de la necesidad estratégica.

Hoy la posguerra que se edifica en la región consolida un eje entre Rusia e Irán y un poco más alejado Turquía. Ese destino se asume como inaceptable. El país persa está en el blanco de Washington y sus aliados israelíes y sauditas. El cambio substancial que acaba de imponer Donald Trump en su cancillería, que pasó del moderado y vaporoso Rex Tillerson, al ultraconservador Mike Pompeo, es determinante en el futuro de ese proceso. El magnate presidente también está a punto de relevar al asesor de seguridad nacional H. R. MacMaster, otro influyente racional del gabinete. Lo hará por alguien “acorde con el pensamiento del mandatario”, según esas voces. Es seguro que el jefe del Pentágono, James Mattis, seguirá igual camino.

Ambos, junto con el dimitido Tillerson, se oponían a demoler el histórico acuerdo nuclear con la potencia persa, el P5+1 que une en su vigencia a EE.UU., Gran Bretaña, Francia, Alemania y, justamente, a Rusia y China. Los tiempos son importantes. Trump quiere reimponer las sanciones a Teherán volteando ese pacto clave. A comienzos de mayo vence el último waiver que otorgó la Casa Blanca para dar ese paso. El eje formado en torno a Rusia por el atentado de Londres será gravitante hacia ese objetivo. Cui prodest. Copyright Clarín 2018

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